Chakana se plantea como un refugio urbano, un punto intermedio entre la oficina y la casa. La idea tiene una biografía detrás: Melissa Rodríguez y Beto Arce, sus fundadores, que comparten una manera de recibir sin apuro, con la mesa como centro.
En la práctica, eso se ve en cómo funciona una noche ahí. Se puede llegar sin plan y tomar algo en la barra; las mesas son modulares y se juntan cuando aparecen dos más; los platos llegan al centro y se piden de a pocos, según cómo avance la conversación; el equipo está entrenado para leer la sala antes que para recitar la carta.
La propuesta se sostiene sobre cuatro pilares que pesan por igual: la coctelería, la cocina, la cerveza y la música. El resultado se ubica varios peldaños por encima del bar clásico sin cruzar hacia el restaurante: la ambición no es que se vaya a comer, sino elevar lo que se puede comer dentro de un bar. Detrás de cada pilar hay nombres con recorrido propio en la escena. La coctelería está diseñada por André Querol, de Destilería Andina; la dirección gastronómica es de Leonardo Fassioli; y la cerveza propia lleva la maestría cervecera de Silvia De Tomás.

El proyecto tiene, además, una historia de origen. Chakana nació como una cerveza artesanal y terminó convirtiéndose en el bar que hereda su nombre. Esa cerveza sigue en la carta y explica de dónde viene todo, pero hoy convive con la barra, la cocina y la música dentro de una propuesta integral.
NDP